Pues bien, aquel hombre cansino del que tanto había escuchado hablar y al que nunca le había prestado demasiada atención, apareció ante mis narices en Manchester.
En la John Rylands Library, un edificio neogótico con magia que te traslada a 1890 en un santiamén, me encontré con una de esas máquinas de las diapositivas de los profesores: una máquina impresora del siglo XIX, impoluta y brillante.
Casi se me escapan las lágrimas de la emoción. Desafié al guarda de seguridad e imortalicé aquella máquina en honor a lo que siempre estudié pero nunca atendí.
John Gutenberg inventó la técnica de impresión que dio pie a todo el mundo editorial que hoy tenemos. Para crear su imprenta, Gutenberg adaptó una prensa de madera, de las que se usaban para moler la uva en la preparación del vino.
Creó tipos móviles metálicos (de plomo) que, a diferencia de los de madera, eran mucho más resistentes, por lo que se podían utilizar muchas veces. Los diseñó como la escritura a mano de la época, al estilo gótico y modificó la consistencia de la tinta, para que fuera densa y se pegara bien a los tipos.
Los tipos se colocaban en línea uno tras otro, sobre una vara de madera. Las palabras quedaban separadas por un tipo sin relieve, que no imprimía nada. Las líneas obtenidas se ordenaban en una caja o galera. Después, se untaba tinta en los caracteres y se ponía un pergamino sobre ellos. La impresión se obtenía de la presión de la galera contra la hoja mediante la prensa.
Total, que allí estaba, en aquel edificio antiguo, con un olor especial, olor a antiguo, a historia, a las miles de personas que han pasado por allí y han disfrutado durante ciento veinte años de aquellos libros y manuscritos que fueron posibles gracias al invento de Gutenberg.
Desde luego ha servido para algo: para que me informe a conciencia de la historia del impresor alemán. Volveré.